“Jóvenes con
desordenes de la personalidad, reflexiones desde el ámbito de
justicia juvenil”
Santi Rodríguez Santos
Responsable del Centro de Día Zabalik, ámbito de Justicia
Juvenil (País Vasco)
Miembro de la Asociación Vasca de TLP
Al escribir las primeras líneas de este artículo lo primero
que me he planteado es si escribir esta colaboración desde un
punto de vista profesional o si hacerlo desde el punto de vista de un
miembro de la asociación vasca de T.L.P. Decididamente, creo
que esta segunda posibilidad puede aportar más, aunque para ello
me basaré, también, en mi experiencia profesional.
Hace ya varios años, trabajando como educador de menores en riesgo
de inadaptación social, comencé a percibir que había
jóvenes que mostraban una forma de organizarse en el día
a día que requería una mayor atención, pues su
estabilidad emocional demandaba de una mayor comprensión y contención
afectiva por parte de los educadores y del resto de personas que les
rodeaban. Normalmente, eran estos jóvenes los que generaban un
mayor número de discusiones en el equipo educativo sobre si era
necesario priorizar los aspectos relativos a la firmeza y a la búsqueda
de límites normativos o si, por el contrario, era necesario intensificar
los aspectos mas relacionados con la afectividad.
Años más tarde, trabajando ya en centros de internamiento
de justicia juvenil, donde jóvenes menores de edad cumplían
medidas judiciales, he tenido la oportunidad de convivir diariamente
con algunos jóvenes con desordenes de la personalidad y percibir
que, si bien, la angustia y desorganización que creaban entre
los que les rodeaban era grande en sus momentos críticos, aún
era mayor la que ellos sentían, y que sus esfuerzos por lograr
una mínima organización personal eran continuos. En muchos
casos, no presentaban un historial delictivo especialmente significativo
pero, sin embargo, su labilidad emocional hacia que la convivencia con
estos jóvenes fuera especialmente ardua.
Igualmente, durante estos años he podido comprobar el enorme
desconocimiento existente en todo lo referente a los desordenes de personalidad,
en general, y en el trastorno limite de personalidad, en particular.
Junto a este desconocimiento, tal vez no intencionado, también
se puede percibir una actitud de desinterés por parte de las
instituciones. Bien es verdad, que un abordaje de estas problemáticas
requiere de una coordinación continua entre diferentes agentes
sociales (psicólogos, psiquiatras, educadores, trabajadores sociales,
etc…) con el consiguiente coste social, pero, también,
es verdad que permanecer impasibles y ajenos al abordaje multidisciplinar
de esta problemática está llevando a que muchos jóvenes,
que de otra manera hubieran contado con oportunidades de poder ir estructurándose,
estén continuamente entrando y saliendo de prisiones, instituciones
mentales y de entornos de marginalidad.
Entre las personas con desordenes de personalidad el sufrimiento personal
es manifiesto, pero no siempre fácilmente perceptible por los
que estamos a su alrededor. Estos chicos y chicas dan lugar a situaciones
críticas que llevan al equipo educativo a realizar continuos
esfuerzos en la intervención diaria. Pero, por otra parte, durante
estos años, también, he podido percibir cómo algunos
jóvenes que, en un principio, parecían avocados a ingresar
de forma permanente en instituciones penitenciarias y, en otros casos,
en instituciones mentales, paulatinamente, han ido logrando un mínimo
de organización personal que les ha ido permitiendo crecer desde
el punto de vista madurativo, pudiendo ser sujetos agentes de sus propios
proyectos vitales. Bien es verdad que el camino no suele presentarse
de forma lineal y sencilla para estos jóvenes y sus familias.
Por el contrario, los avances y retrocesos están presentes, de
igual manera, a lo largo todo el proceso.
Son muchos los casos, en los que después de años de haber
pasado por algunos de los centros educativos, algunos jóvenes
o sus padres, en sus visitas, nos recuerdan los momentos de desesperanza
inicial que, paulatinamente, se fueron transformando en realidades de
vida positivas, algunas de ellas, eso sí, muy precarias, pero
al fin al cabo positivas.