La dependencia emocional es un problema tan frecuente como desconocido,
y no sólo entre la población, sino también entre
psicólogos, psiquiatras, etc. Inexplicablemente no ha encontrado
ubicación entre las diferentes clasificaciones internacionales
de trastornos mentales y de la personalidad, como el DSM-IV-TR o la
CIE-10, que utilizamos los profesionales de la salud mental. En una
reciente publicación1 hemos intentado
paliar este déficit, dando una explicación exhaustiva
de este fenómeno, detallando sus características, causas,
diagnóstico (proponiendo la creación de una categoría
nueva dentro de los trastornos de la personalidad) y tratamiento. El
objetivo de este artículo es exponer brevemente la dependencia
emocional y justificar su inclusión dentro de los trastornos
de la personalidad.
La dependencia emocional es una necesidad afectiva extrema y continua,
que obliga a las personas que la padecen a satisfacerla en el ámbito
de las relaciones de pareja; en consecuencia, gran parte de la vida
de estas personas gira en torno al amor. Aunque este fenómeno
puede aparecer puntualmente en la vida de un individuo (es decir, sólo
en una de sus relaciones), lo más normal es que sea una constante
en él; por lo tanto, la mayor parte de sus relaciones de pareja
presentarán un patrón característico regido por
la mencionada necesidad afectiva extrema. Es importante destacar que
esta dependencia o necesidad no debe ser de
tipo material, económico o fundamentada en una
minusvalía o indefensión personal del sujeto, sino que
tiene que ser específicamente emocional para que podamos hablar
de este fenómeno psicopatológico.
En principio, puede parecer que, aunque haya una necesidad amorosa mucho
más fuerte de lo normal, la dependencia emocional no debería
ser motivo de desadaptación, sufrimiento o insatisfacción.
Nada más lejos de la realidad. Los dependientes emocionales no
dirigen sus demandas hacia cualquier persona, sino que se fijan en determinadas
características que les resultan atractivas. En concreto, buscan
personas egocéntricas, peculiares, seguras de sí mismas,
dominantes y poco afectuosas para emparejarse con ellas. Puede llamar
la atención que este tipo de individuos sean los predilectos
para unas personas que tienen unas demandas afectivas descomunales,
pero es que precisamente se fijan en ellos porque los idealizan, los
encumbran hasta extremos difíciles de imaginar, viendo prácticamente
dioses o seres excepcionales donde sólo hay sujetos que, muchas
veces, hacen la vida imposible a sus parejas. Estos individuos son todo
lo contrario que los dependientes emocionales, al menos en lo que a
autoestima y valoración de sí mismos se refiere, de ahí
la idealización incondicional que efectúan las personas
con dependencia emocional.
Y todo esto se relaciona con una de las características fundamentales
de las personas que padecen este problema, y es que no sólo no
se quieren prácticamente nada, sino que se critican, atacan y
desprecian. Quizá no llegan al extremo de las personas que sufren
trastorno límite de la personalidad porque tienen un grado más
alto de adaptación y funcionalidad, pero su relación consigo
mismas es tan deplorable que no soportan la soledad y que sólo
se imaginan su vida al lado de alguien idealizado, de un salvador alrededor
del cual centrar su existencia.
Los dependientes emocionales, en consecuencia, viven por y para su pareja,
que, como ya hemos expuesto, acepta esta entrega y sumisión incondicionales
de muy buen grado. Ambos miembros de la relación convendrán
en que la persona importante de la pareja es el compañero del
dependiente emocional. Lo negativo de esta situación es que este
desequilibrio aumentará a pasos agigantados, hasta el punto de
que el dependiente emocional será prácticamente un súbdito
de su pareja. Ésta aprovechará la circunstancia para explotar
y dominar a su antojo en el seno de la relación, tanto por su
propia personalidad como por la sumisión y admiración
con la que se encontrará por parte del mismo dependiente.
La vida para el dependiente emocional será un calvario que puede
llegar a límites extremos según el carácter de
su pareja, ya que, en muchas ocasiones, puede tener trastornos de la
personalidad (narcisista, paranoide, límite, etc.) que propicien
la aparición de violencia psíquica y física. Si
la persona tiene una dependencia emocional grave, aceptará agresiones,
humillaciones, infidelidades continuas, burlas, menosprecios, etc.,
con tal de no romper su relación de pareja. Es más, si
por cualquier motivo se rompe la relación, la echará de
menos intentando reanudarla (por el síndrome de abstinencia que
sufrirá el dependiente, similar al de las toxicomanías)
o bien comenzará otra para evitar el miedo y la angustia de la
soledad.
La dependencia emocional en esta forma, que podríamos calificar
como “estándar”, es más habitual en mujeres
por diferentes razones, mientras que los varones suelen presentar formas
atípicas en las que se combinan otros aspectos como la posesividad
y la dominación.
Podríamos exponer las causas de la dependencia emocional, pero
es un tema lo suficientemente extenso y complejo como para que exceda
del propósito del presente artículo. Nos remitimos al
libro antes citado para la persona que quiera profundizar en este fenómeno.
¿Por qué consideramos la dependencia emocional como un
trastorno de la personalidad? De acuerdo a nuestra experiencia clínica,
la dependencia emocional conforma “un patrón permanente
de experiencia interna y de comportamiento que se aparta acusadamente
de las expectativas de la cultura del sujeto” (extraído
del DSM-IV 2). Asimismo, este patrón
se manifiesta en el área cognitiva, afectiva, interpersonal y
del control de los impulsos, es persistente e inflexible y provoca malestar
clínicamente significativo tanto en el sujeto como en su entorno.
Comienza aproximadamente en la adolescencia o principios de la edad
adulta y no es atribuible a otro trastorno mental, una enfermedad física
o el consumo de sustancias. Todos estos son los requisitos que el DSM-IV
exige para poder efectuar un diagnóstico de “trastorno
de la personalidad”, y la dependencia emocional los cumple todos.
Como ya hemos expuesto, en las clasificaciones actuales de trastornos
mentales y de la personalidad no figura la dependencia emocional. En
consecuencia, nuestra aportación es proponer la creación
de una categoría específica para la dependencia emocional
dentro de los trastornos de la personalidad. La denominación
escogida al efecto ha sido “Trastorno de la personalidad por necesidades
emocionales”, y a continuación exponemos sus criterios
diagnósticos provisionales3:
F60.x Trastorno de la personalidad por necesidades emocionales.
Una tendencia persistente a las relaciones de pareja caracterizadas
por el desequilibrio entre ambos miembros, la necesidad afectiva claramente
excesiva hacia la otra persona y el sometimiento inapropiado hacia ella,
que empieza al principio de la edad adulta y se da en diversos contextos,
como lo indican cinco (o más) de los siguientes ítems:
1. Búsqueda continua de relaciones
de pareja, planteándose la vida siempre al lado de alguien.
2. Necesidad excesiva de la pareja, que
deriva en contactos muy frecuentes y a veces inapropiados (p. ej., llamadas
telefónicas continuas mientras la pareja está en una reunión
de trabajo), y que no se debe a dificultades cotidianas, toma de decisiones
o asunción de responsabilidades.
3. Elección frecuente de parejas
egoístas, presuntuosas y hostiles, a las que se idealiza con
sobrevaloraciones constantes de sus cualidades o de su persona en general.
4. Subordinación a la pareja como
medio de congraciarse con ella, que facilita el desequilibrio entre
ambos miembros de la relación.
5. Prioridad de la relación de
pareja sobre cualquier otra cosa, que puede ocasionar una desatención
prolongada de aspectos importantes del sujeto como su familia, su trabajo
o sus propias necesidades.
6. Miedo atroz a la ruptura de la pareja
aunque la relación sea desastrosa, con intentos frenéticos
de reanudarla si finalmente se rompe.
7. Autoestima muy baja, con menosprecio
de las cualidades personales o minusvaloración global del sujeto
como persona.
8. Miedo e intolerancia a la soledad.
9. Necesidad excesiva de agradar a las
personas, con preocupaciones continuas sobre la propia apariencia física
o sobre la impresión que ha generado en ellas.
Como conclusión, reiterar que la dependencia emocional cuadra
perfectamente dentro de los trastornos de la personalidad, dada su significación
clínica, su carácter crónico, su inflexibilidad
y su repercusión en las diferentes dimensiones del ser humano
(afectiva, cognitiva, conductual, interpersonal, etc.) Además,
es un fenómeno frecuente en las consultas de los profesionales
de la salud mental.
1 Dependencia emocional:
características y tratamiento. Jorge Castelló Blasco.
Madrid : Alianza Editorial; 2005 2 Manual diagnóstico
y estadístico de los trastornos mentales, 4ª edición (DSM-IV).
American Psychiatric Association. Barcelona: Masson; 1995. 3 Extraído de Dependencia
emocional: caracteristicas y tratamiento. Jorge Castelló Blasco.
Madrid: Alianza Editorial; 2005.